Mordiendo el tiempo
por Pilar Fernández
España / 2009
Fecha de alta 07-02-2010
Aquel hombre era muy seductor, tenía ese aire de los caballeros antiguos, pero sin embargo con una forma de ser y actuar muy modernas adaptadas a las últimas tendencias.
Era soltero, pero tenía una amante casada a la que solía ver tres veces por semana cuando salía del trabajo sobre las ocho de la tarde. Recorría los mil metros a los que se encontraba el apartamento donde lo esperaba ella. Sacaba su llave, y nada más abrir la puerta, la encontraba con la mejor de sus sonrisas y alguna prenda sexy con la que solía recibirlo.
Se acercaba despacio a él, e introducía sus dedos entre el cabello corto y fuerte y, le daba un masaje en la cabeza. Era algo que le gustaba y lo relajaba. Mientras él, la abrazaba por la cintura y la acercaba a su cuerpo tenso y excitado.
Esos eran los primeros pasos, hasta que comenzaba a hacer efecto la química entre ellos. Y aparecían los besos, las miradas tiernas y las caricias aprendidas y deseadas por ambos.
El reloj no se detenía y los minutos volaban de forma vertiginosa y la ansiedad y el deseo hacían su aparición con cada despedida, con cada caricia prolongada.
Había nacido para ellos, un mundo lleno de deseo desenfrenado, de besos y caricias que necesitaban más que el propio aire.
Pero cada noche cuando se despedían, él comenzaba a sentir esa sensación de que un día ella se cansara y que le pidiera más. Que ya no se conformara con esas tres tardes por semana, con esos minutos, con esos abrazos desesperados y esos besos como despedida de última hora. Apresurados, mirándose a los ojos y pidiendo más amor, más minutos para sentirse felices, relajados y tal vez dormir algún día el uno en brazos del otro.
Pero al mismo tiempo, ese estrés y ese deseo de tenerse más, estaba provocando que la relación se estuviera volviendo tensa en muchos momentos. Debido a la angustia de las despedidas. Aunque eran tan felices que sólo de pensar en dejar de verla le producía escalofríos. Así que seguían mordiendo el tiempo y consumiendo su amor, durante unas horas, como si se tratara de la bebida más dulce.