Cuentos para pensar Recuerdos

La vida en el campo

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A María Pilar Hoyos le han enviado 51 abrazos, 33 sonrisas, 23 besos y 69 buenos recuerdos.


  • por María Pilar Hoyos
    Guatemala / 1960

    Fecha de alta 09-03-2010


    Nací y crecí en una ciudad por eso me entusiasmé cuando a los once años me invitaron a pasar una semana en un pequeño pueblo castellano. Era el cambio de la ciudad al campo, del asfalto a la tierra, de lo grande a lo pequeño y en cierto modo de lo artificial a lo natural.

    Mi primo y yo nos alojamos en la casa de unas amigas de mi tía. Era una casa de adobe, con olor a leña y a establo. La sala tenía un balcón a la altura de la calle, de modo que desde allí se podía platicar de tú a tú con las vecinas que pasaban. En la cocina el piso era enlosado y con aquel viejo sistema que llamaban “la gloria”: por debajo había un doble suelo que podía calentarse con el calor del fuego que ardía en la chimenea, con lo cual la superficie estaba agradablemente cálida en los interminables días del invierno castellano y el calor subía a toda la estancia dando la sensación de estar “en la gloria”.
    Por una puerta de la cocina salíamos al establo, todo un mundo nuevo para mí, el olor característico de los animales y el pienso me embriagaron el primer día como el aroma de un buen vino; un par de caballos, un borrico y dos vacas, además de algunos cerdos y gallinas era la fauna encantada que se presentaba ante mis ojos y que me parecía imposible tener tan de cerca y al alcance de mi mano.

    Llegamos al atardecer, las últimas luces difuminaban las casas del pueblo perdidas en el paisaje llano y seco de Castilla. Las amigas de mi tía nos acogieron con todo cariño y se esmeraban en hacernos sentir como en casa, por eso tenían preparado un bote de Colacao y galletas María que nos trasladaban a nuestros hábitos cotidianos.

    Al día siguiente, al despertar, tardé un rato en darme cuenta de dónde estaba. Me encontré en una cama alta de madera antigua entre unas sábanas algo ásperas pero inmaculadamente blancas. Afuera sólo se oía el silencio, apenas roto por el ladrido de algún perro o el sonido de un carro camino de la era.
    Las mujeres de la casa enseguida organizaron nuestra jornada: iríamos a la huerta con Pancho, su sobrino, que iba todos los días en el burro a regar las hortalizas. Y allá fuimos, felices, al poder montar aquel animalito que no se mostró muy reacio a llevar sobre sus ancas a dos muchachitos ilusionados.

    Al llegar a la huerta nos esperaban más sorpresas, una noria de donde se sacaba agua para el riego, los cuadros de tomates y lechugas y los árboles frutales, todo era una novedad para nosotros. Cada mañana acompañábamos a Pancho a regar la huerta y de paso nos comíamos a mordiscos un par de tomates maduros por el sol que nos sabían a gloria y que nos refrescaban del sol ardiente de Castilla.

    Aún nos esperaban otras novedades de la vida del campo. Una tarde nos llevaron a un molino donde se molía el trigo, recuerdo vagamente una casita blanca y unas máquinas con motor que turbaban con su ruido el ambiente pueblerino, pero lo que más quedó en mi memoria fue la broma que el molinero le gastó a mi primo al tomarle en brazos y fingir que le iba a tirar por aquella especie de lavadero por donde metían el trigo para moler, me asusté tanto que grité asustada tratando de defenderlo, entonces todos se rieron de mi ingenuidad y yo disimulé como pude mi azoramiento.

    Ya oscurecido nos llevaban a veces a la iglesia a rezar el rosario o a visitar a algunas familias del pueblo, éstas nos miraban con curiosidad y nos hacían esas preguntas tontas que los adultos se creen en la obligación de hacer a los niños. Nosotros nos quedábamos sentados muy formales esperando el chocolate o los dulces con los que obsequiaban a las visitas y observábamos con curiosidad todo lo que no era habitual en nuestro mundo como el loro parlanchín que tenía una viuda o el monito asustado de una señora que había sido maestra.

    Después de la cena nos sentábamos alrededor de la mesa camilla y las amigas de mi tía nos entretenían como podían con libros de estampas o fotografías antiguas. Una noche no hizo falta que buscar distracciones, había llegado al pueblo un pequeño circo que montó su carpa en la plaza mayor del pueblo y allí fuimos todos los chiquillos a contemplar a los saltimbanquis, los malabaristas y los payasos con la ilusión infantil por ese mundo de fantasía y bambalinas.

    María Pilar Hoyos
    Guatemala


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