Cuentos para pensar Recuerdos

Historia de un pan

  • Los lectores consideran que el recuerdo en sí es sumamente bueno. Además, les parece que está muy bien contado.
  • A Heber Ocaña Granados le han enviado 22 abrazos, 24 sonrisas, 15 besos y 20 buenos recuerdos.


  • por Heber Ocaña Granados
    Perú / 1976

    Fecha de alta 29-08-2008


    No sé si fue en la casa de mis padres que se inventó comer el pan en las tres escenas diarias de la comida. Se comía pan a la hora del desayuno, a la hora del almuerzo y de la cena; ah, también a la hora del lonche, que en casa rara vez se degustaba.

    El pan tenía presencia constante, permanente, era vital su presencia en la mesa del comedor. De ahí que se había convertido en mi alimento favorito. Sin el pan no era desayuno, almuerzo y no era cena. No era nada. Con el pan lo era todo.

    Una mañana colosal de invierno, con un frío que estropeaba la garganta y ponía la piel de gallina; vino la tía a visitarnos a casa temprano.

    Como siempre, venía con su saludo cariñoso y su tranquila forma de hablar, era una mujer separada de su marido, habían engendrado dos hijos que crecieron junto a ella, porque el marido se había casado con otra y nunca más se supieron el uno del otro. Luego ella encontraría una nueva pareja con quien compartirían una feliz convivencia, criando a los dos hijos fruto de su antigua relación marital.

    La tía era guapa y sigue siendo guapa aún; cuando hay belleza, el tiempo no puede ocultarlo ni con la llegada de las arrugas, ni con el atardecer de los inviernos de fríos troquelados por la brisa marina.

    Es la hermana menor de mi padre y yo veía cómo ambos se querían, eran esos amores de hermanos que casi ya no los hay.

    En mi niñez frecuentaba su casa, porque en la parte última del todo, tenía una parcela que me hacía sentir como en la selva; plantas de hortalizas y árboles frutales muy bien cultivados por las manos hacendosas de la tía guapa.

    El pacay -cómo los recuerdo-, los platanales, los árboles pequeños de los ciruelos, los eucaliptos y los inmensos álamos que me hacían sentir dentro de una jungla.

    En ese ambiente jugaba con el hijo varón de la tía, el alejo, quien me solía entender mis jugarretas de niño. Él, un poco mayor que yo, me entretenía desde su paciencia y éramos buenos socios con las pilas y las viejas planchas de a carbón que, para nosotros, eran nuestros coches.

    El día que llegó la tía a la casa, estábamos masticando el desayuno. En la mesa papá y mamá conversaban de sus inquietudes y preocupaciones por los hermanos mayores.

    -Siéntate Empicha -le dijo papá, invitándole a compartir la mesa y el desayuno.

    Pero ella insistió, en un cordial agradecimiento, que sólo aceptaría agüita nada más.

    -Agua nomás Juancito, acabamos de desayunar también nosotros –dijo; consumando así la invitación.

    La madre de la casa, insistente, le sirvió una taza con agua cargada de hierba luisa y un poco de calentado, untó más pan con mantequilla para que la tía pueda acompañar la infusión. La mesa estaba servida.

    -Cómo estás Juancito de tu pierna -Pregunta la tía, con una calma abarrotada de bondad y de paciencia.
    -Ahí Empicha, como siempre. Ya no sé qué hacer con ésta pierna -decía papá con cierta desesperanza, acomodándola, que la tenía estirada sobre un banco, en el lado izquierdo, por el lado donde yo me sentaba.

    Papá tenía una pierna varicosa y ya se había negreado por la mala circulación de la sangre y cada vez se abría una herida por algún lado de la parte negra de la pierna.

    A la tía le interesaba el estado de salud de su hermano. La conversación seguía a más; de uno y otro tema. Del barrio, de la Juañica que estudiaba en Lima, de la Oñucha.

    Como de otros tantos temas, por momentos se entrecruzaban palabras en quechua, otras en español, el uno le conversaba en quechua, la otra le contestaba en español, o viceversa. Entre ir y venir palabras de los dos idiomas, yo disfrutaba del desayuno.

    Pero entre conversa y conversa, el cacharro donde se colocaba el pan iba quedando casi vacío, y yo aún no había completado mi ración de pan. Y mientras papá, mamá y la tía masticaban sus panes, bebían la infusión de hierba luisa y se cruzaban palabras en quechua y en español, yo estaba a punto de desbordarme por unas galopantes lágrimas que asomaban por mis ojos.

    Miraba al uno y al otro, callaba, mirando siempre la taza y la panera, cabizbajo, estaba conteniendo -por vergüenza-, algunas lagrimas, porque no podría o no quería, justificar las razones de mi llanto.

    Ellos seguían parlando, hasta que la sangre llego al río, no pude más y sin contemplaciones me eché a llorar como un sentenciado a muerte. Una a una y cada vez más rápido, las lágrimas mojaban mi rostro.

    -Qué tienes hijo -pregunta mi padre.

    No había respuesta. La madre: ¿qué te pasa hijo? Nada. La tía: qué te duele hijo. Para ningunos hubo respuesta. Mi llanto y yo, entorpeciendo la visita de la tía, avinagrando la infusión de hierba luisa.

    La fría mañana estaba cubierta con mi llanto. El tiempo nublado con mi llanto. La tetera, los cubiertos, el mantel, el porta platos, todo el comedor mojado con mi llanto. Menos el pan. La panera estaba vacía. Sólo las quebradas migajas yacían en el fondo y las miraba, las contaba, y otra vez: qué tienes hijo, ¿te duele algo?

    No había respuesta y otra vez papá con la pregunta, pero con más amabilidad y entrega de padre, me interroga acogiéndome del brazo izquierdo y como un gran cómplice de mis quebrantos infantiles, me vuelve a preguntar; hasta que no pude más.

    No se puede estar callado mucho tiempo, duele la garganta, los ojos y la voz se exaspera, quiere salir atosigado por el mutismo desolador del quebranto, estalla y más llanto, y como desenvainando una espada, de mi boca brota la respuesta que debía de sazonar y justificar mis razones: es que mi tía se lo ha comido todo el pan, dije. Convencido completamente que ella tenía la culpa, que se lo había comido todo.

    La pobre tía quizá no supo qué hacer, sólo recuerdo que se acercó a mi lado y agachándose me hablo al oído: ya hijo, ésta tía ha venido a comérselo todo tu pan…

    Y me cuenta ahora mi padre, desde la distancia, que cada vez que la tía Empicha visita a la casa, siempre se recuerdan de aquel suceso... Y dicen: come nomás Empicha… no está Heber…

    Madrid, domingo 13 de julio del 2008.



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