
Sola. Tras leer el capítulo XII, dijo convencida: “Mediocre. Acepto que soy mediocre”. Sonrisa. Volvió a decirlo. Risa. Dijo lo mismo repetidas veces. Carcajada. Al cabo de unos minutos, silencio. Su rostro seguía alegre. Pensó que ese era un buen comienzo para reestructurar la manera de entenderse y de sentirse. El libro que Lucía sostenía entre las manos era del filósofo modernista Leopoldo Verna Eskarat, a quien sus detractores consideraron contradictorio. “¿Cómo se puede creer en Dios y a su vez negar cualquier indicio de perfección en el ser humano?” Ante lo cual, en su defensa, Verna sostenía: “He de admitir que hay una excepción, como en toda norma. Somos una especie con la facultad de ser plenamente incoherentes”. Según sus teorías, “…considerar que es posible alcanzar la perfección humana es una prueba evidente de nuestra mediocridad, y negar esta mediocridad como una cualidad constante e innata es la principal causa de la infelicidad. Y digo cualidad, no limitación. No se trata de aceptarse, se trata de apreciarse, de disfrutar ser un mediocre”.
Lucía subrayó unas líneas del capítulo XIV, página 187: “Querer mejorar engrandece a la persona. Pretender hacer algo perfecto es demostrar un profundo desconocimiento de lo que se es y, en muchos casos, el pretencioso se condenará a vivir en un círculo vicioso de insatisfacciones”. Con el propósito de ilustrar el pensamiento de Verna Eskarat con un tema cercano y popular, me he permitido extraer —con permiso de su autor— un fragmento de la tesis del pensador contemporáneo Ladislao Spulgner: “Es un comentario basado en la subjetividad más ingenua, porque es rotundamente absurdo decir que un delantero es perfecto. Tal calificativo sólo cabría si tuviese una efectividad del cien por cien. Es decir, cada vez que patease al arco debería marcar un gol. Suponiendo que alguien llegase a ese punto, se tomaría en cuenta la definición ajustada. No sólo haría falta marcar un tanto, sino que tendría que entrar por un punto imposible de ser atajado por el portero, puesto que en caso contrario dependería de la habilidad del otro y no de la propia. Y si por gracia y evolución se alcanzase ese nivel, nos empujaría a acercarnos a una cabal definición al respecto. Entraría en juego la complejidad de los factores y la belleza del movimiento y, a ese nivel, la subjetividad retomaría el protagonismo, aunque esta vez en un grado maduro. Volviendo a nuestra realidad, si comparamos a un futbolista perfecto con los que fichan las grandes ligas, es lógico admitir que son mediocres, como lo somos todos nosotros en nuestros respectivos quehaceres”.
No sé si Lucía leyó algo sobre Ladislao Spulgner. Lo que sí sé es que no terminó de leer el libro de Verna —ese ejemplar no—. El titular del capítulo XXI (La ironía del hombre y la mujer ideal) le hizo mirar el reloj y se sobresaltó. En 55 minutos vería a su pareja en la plaza Constitución. Eso significaba que tenía 27 para arreglarse si quería llegar puntual, ni un minuto antes y ni uno después. Su pareja exigía la misma disciplina que ofrecía. Se puso nerviosa. Ahora le quedaban 25 minutos. Abrió el armario y empezó a lanzar las prendas sobre su cama para elegir las adecuadas, las que combinasen con las expectativas de él. Su mente se bloqueó. Pensó que era mejor dejar eso para el final. Maquillarse la relajaría. ¡21 minutos para salir! Ese tiempo le era insuficiente para pintarse los labios, las cejas, depilarse… ¿depilarse?, ¡depilarse! Sería imposible ser puntual y evitar una discusión. Casi siete meses sin una pelea, con una relación de ensueño, perfecta según él, según la familia de ambos y todo el que los conocía.
Pasados los 55 minutos, llegué a la plaza Constitución y Lucía estaba ahí, irreconocible. Tenía la cara lavada, vestía pantalones deportivos negros y una camiseta naranja. En las manos llevaba un libro. Me lo obsequió y se marchó.Han pasado alrededor de 15 años. Hace dos semanas, me encontré con ella en un supermercado. Lucía llevaba una sonrisa perenne en la mirada y no recuerdo qué más. Antes de despedirse, quiso saber mi opinión sobre el planteamiento de Leopoldo Verna Eskarat. Le dije que era una reverenda mediocridad, con la intención de halagarlo, claro está.
por Rafael R. Valcárcel